Arenga del Gral. Patton al Tercer Ejército - El Rincón Sapiente

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lunes, 11 de diciembre de 2017

Arenga del Gral. Patton al Tercer Ejército

Autor: SMITH PATTON, George

The Unknown Patton. El Patton desconocido

¡Muchachos!, estas historias que algunos medios están difundiendo por ahí sobre que América quiere mantenerse al margen de esta guerra, que no quiere luchar, son un montón de mierda. A los americanos tradicionalmente les ha encantado luchar. Todo verdadero americano ama el rugir de la batalla. Los americanos aman a los ganadores. Los americanos no tolerarán perdedores. Los americanos desprecian a los cobardes. Los americanos luchan para ganar. Esa es la razón por la que los americanos nunca han perdido y nunca perderán una guerra.
Gral. Patton. Foto Web
Gral. Patton. Foto Web
No todos vosotros vais a morir. Solo el dos por ciento de los que estáis hoy aquí morirá en combate. No se debe temer a la muerte. Con el tiempo, la muerte le llega a todo hombre. Y todo hombre está asustado en su primera batalla. Si dice que no lo está, es un maldito mentiroso. Algunos hombres son cobardes pero luchan igual que los hombres valientes o se les retorcerán las tripas al ver a hombres luchar que están igual de asustados que ellos. Recordad que el enemigo está tan asustado como vosotros, y probablemente incluso más. No son superhombres. El verdadero héroe es el hombre que lucha incluso cuando está asustado. Algunos logran superar su miedo inmediatamente una vez bajo el fuego, a otros les lleva una hora, algunos necesitarán días, pero un verdadero hombre nunca permitirá que su miedo a la muerte se anteponga a su honor, a su sentido del deber para con su país y para con la humanidad.
Durante todo vuestro tiempo de servicio en el Ejército, vosotros, muchachos, habéis echado pestes de lo que llamáis «la estúpida instrucción». Eso, como todo lo demás en este ejército, tiene un propósito bien definido. Ese propósito es el estado de alerta. Este estado de alerta debe ser inculcado en cada soldado. Un hombre debe permanecer en alerta todo el tiempo si piensa seguir vivo. Si no estáis alerta, en algún momento, un alemán hijo de una puta cabrón se acercará sigiloso por detrás y os matará. Hay cuatrocientas tumbas cuidadosamente marcadas en algún lugar de Sicilia, y todo porque un hombre se durmió estando de servicio. Pero las tumbas son alemanas, porque sorprendimos al bastardo que se durmió.
Un ejército es un equipo. Vive, duerme, come y lucha como un equipo. Todo este asunto de la heroicidad individual es un montón de estiércol. Los biliosos bastardos que escriben ese tipo de cosas para el Saturday Evevning Post, no saben más del verdadero combate bajo el silbido de las balas que lo que saben de fornicar. Tenemos la mejor comida, el mejor equipo, el mejor espíritu, y los mejores hombres del mundo. Por eso, Dios lo sabe, siento pena por esos pobres hijos de perra con los que vamos a luchar.
Gral. Patton. Foto Web
Gral. Patton. Foto Web
Mis hombres no se rinden, y no quiero oír que ningún soldado bajo mi mando ha sido capturado si no es porque lo han herido. Incluso si os hieren, todavía podéis seguir luchando. La clase de hombre que quiero bajo mi mando es la del teniente Libya, que, con teniendo una Luger apuntada al pecho, se quitó el casco, desvió el arma hacia un lado con una mano y le reventó el casco en la cabeza a ese Kraut. Luego se arrojó a por el arma y mató a otro alemán antes de que supieran lo que estaba pasando. Y, durante todo este tiempo, este hombre tenía una bala alojada en su pulmón. ¡Se trataba de un hombre de los de verdad!
Todos y cada uno de los hombres de este ejército juega un papel vital. Cada hombre es un eslabón vital de una gran cadena. ¿Qué pasaría si un conductor de camión decidiera de súbito que no le gusta el silbido de los proyectiles, se pusiera amarillo y se arrojara de cabeza al arcén? Ese cobarde bastardo pensaría, «Demonios, no me echarán de menos, solo soy un hombre entre miles». Pero, ¿qué pasaría si cada hombre pensara de la misma manera? ¿Dónde demonios estaríamos ahora? ¿Qué sería de nuestro país, nuestros seres queridos, nuestros hogares, o incluso el mundo? No, maldita sea, los americanos no piensan así. Cada hombre cumple con su deber, sirve al todo. Los de suministros son necesarios para proporcionar las armas y la maquinaria de guerra necesaria para seguir adelante. Los de intendencia son necesarios para traernos la comida y la ropa porque a donde vamos no hay siquiera una mierda que robar. Hasta el último hombre de las cocinas tiene un deber que cumplir, incluso el que calienta nuestra agua para prevenirnos de la diarrea. Todos y cada uno de los hombres debe pensar, no solo en sí mismo, sino también en el camarada que lucha a su lado.
Uno de los hombres más valientes que nunca haya visto fue un tipo subido a lo alto de un poste telegráfico en mitad de un furioso tiroteo en Tunisia. Me detuve y le pregunté que coño estaba haciendo ahí arriba con la que estaba cayendo. Me respondió: «arreglando el cable, señor». Le pregunté, «¿no cree que es poco saludable ahora mismo?». Me respondió: «Si, señor, pero el maldito cable debe ser reparado». Le pregunté: «¿no te asustan esos aviones ametrallando la carretera?, y me contestó: «No, señor, pero usted sin duda sí».
Era un hombre de verdad. Un verdadero soldado. Era un hombre que lo consagró todo a su deber, sin importar lo aparentemente insignificante que pudiera parecer, sin importar si se la estaba jugando. Y deberíais haber visto a esos camiones camino de Tunisia. Aquellos conductores eran magníficos. De día y de noche rodaban por esas malditas carreteras, sin parar jamás, sin desviarse nunca de su curso, con proyectiles estallando a su alrededor todo el tiempo. Salieron esas viejas agallas americanas. Muchos de esos hombres condujeron durante 40 horas seguidas. Esos hombres no eran personal de combate, pero eran soldados con una misión que cumplir. Lo hicieron, y de una manera endemoniada lo consiguieron. Eran parte de un equipo. Sin trabajo en equipo, sin ellos, hubiéramos perdido la batalla. Todos los eslabones de la cadena tiraron a un tiempo y esta se hizo irrompible.
Recordad muchachos, vosotros no sabéis que yo estoy aquí. No se debe hacer ninguna mención de ello en ninguna carta. Se supone que el mundo no debe saber qué demonios me pasó. Se supone que yo no estoy al mando de este ejército. Incluso se supone que yo no debo estar aquí en Inglaterra. Haced que los primeros bastardos en enterarse sean los malditos alemanes. Queremos desatar el infierno allí, cuanto más rápido limpiemos este desaguisado, más rápido podremos hacer una pequeña excursión contra esos japos que mean morado [por el violeta de Genciana, suministrado para tratar enfermedades venéreas, que hacía la orina de color morado] para aniquilar sus nidos también. Antes de que los malditos marines se lleven todo el mérito.
Por supuesto que queremos volver a casa. Queremos terminar esta guerra. La manera más rápida para hacerlo es ir a por los bastardos que la empezaron. Cuanto más rápido sean borrados del mapa, antes volveremos a casa. El camino más corto a casa pasa por Berlín y Tokio. Y cuando lleguemos a Berlín, yo personalmente dispararé a ese burócrata hijo de perra de Hitler. ¡Igual que dispararía a una serpiente!
Gral. Patton. Foto Web
Cuando un hombre se encuentra en el cráter de un proyectil, si se queda allí todo el día, un alemán acabará encontrándolo tarde o temprano. Al diablo con esa idea. Al diablo con hacerlo. Mis hombres no cavan hoyos. No quiero que lo hagan. Lo único que hacen los hoyos es retrasar la ofensiva. Os quiero en movimiento. Y tampoco deis tiempo al enemigo para que cave el suyo. Vamos a ganar esta guerra, pero solo la ganaremos luchando y mostrándole a los alemanes que tenemos más agallas de las que ellos tienen y tendrán
La guerra es un asunto sangriento y mortal. Tendréis que verter vuestra sangre, o ellos tendrán que verter la suya. Desgarradles el vientre. Dispararles en las entrañas. Cuando los proyectiles estallen a vuestro alrededor y al limpiaros la suciedad de la cara os deis cuenta de que es la sangre y las entrañas de lo que una vez fue vuestro mejor amigo a vuestro lado, entonces sabréis qué hacer.
No quiero recibir ningún mensaje que diga «Estoy manteniendo mi posición». Nosotros no mantenemos una mierda. Que lo hagan los alemanes. Nosotros avanzaremos constantemente y no estaremos interesados en sujetar nada salvo las pelotas del enemigo. Les vamos a retorcer las pelotas y a patearles el culo todo el tiempo. Nuestro plan de operaciones básico es avanzar y seguir avanzando sin importarnos si tenemos que pasar sobre, a través o por debajo del enemigo.
De vez en cuando habrá quejas de que estamos exigiendo mucho de nuestra gente. Me importan una mierda ese tipo de quejas. Creo en la vieja y sana regla de que una onza de sudor salvará un galón de sangre. Cuanto más duro empujemos, más alemanes mataremos. Cuantos más alemanes matemos, menor número de los nuestros morirán. Avanzar significa menos bajas. Quiero que todos vosotros recordéis esto.
Hay una magnífica cosa que vosotros muchachos podréis decir una vez haya acabado la guerra y estéis otra vez en casa. Podréis estar agradecidos a que dentro de 20 años cuando estéis sentados al calor de la lumbre con vuestro nieto en la rodilla y os pregunte que hicisteis en la Segunda Guerra Mundial, no tendréis que toser, cambiarlo de rodilla y decirle, «Bueno, tu abuelito cargaba estiércol en Louisiana». No señor, lo podréis mirar fijo a los ojos y decirle: «Hijo, tu abuelito marchó con el Gran Tercer Ejército y con un maldito hijo de perra llamado George Patton».

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